Lucha de poder: Dios supremo

22 agosto, 2019 0 Por Marcelo Wall
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Los libros 1-2 Samuel presentan una gran lucha de poder. Cada personaje que llega a tener un papel algo más que terciario, entra en esta lucha. Hay varias luchas que se pelean a lo largo de estos libros. La primera es la del profeta/sacerdote de Dios: Elí contra Samuel. Quizá alguien diga que Elí le cuidaba a Samuel, y le hizo entender la voz de Dios, pero fue Samuel quien trajo una palabra fuerte contra Elí y en especial contra sus hijos. La segunda gran lucha fue la de Saúl contra David. Esta queda más clara a lo largo de la historia. Entretejida están además varias luchas sutiles: Samuel contra Saúl, Dios contra un rey, Israel y los pueblos vecinos, David contra sus hijos, etc.

Dios tiene su mano en todo

Aunque existan muchos pretendientes por el poder, Dios sigue siendo el agente que mantiene todos los movimientos en sus manos. A lo largo de los altibajos de los buenos y no tan buenos en la historia, Dios mantiene su forma sutil de mover las piezas de ajedrez, para que su voluntad se cumpla.

1. Ana y su hijo

1-2 Samuel inicia con la historia de Ana. Pero Ana no tiene hijos porque como menciona el texto dos veces que «el Señor no le había dado hijos» (1 Sam 1:5, 6). Esto no se debe entender de que toda mujer que no tenga hijos fue la decisión específica de un Dios que haya olvidado a estas personas. En los libros de Samuel, Dios es el que tiene un plan con Ana y su hijo. Y es justamente a este «Dios de los ejércitos» al que Ana pide un hijo (1 Sam 1:11). Elí, el sacerdote que encuentra a Ana clamando por un hijo, la consuela diciendo que «el Dios de Israel» le conceda su petición (1 Sam 1:17).

Dios no concedía hijos, ni concedía su palabra en ese tiempo (1 Sam 3:1): «La palabra del Señor escaseaba en aquellos días, las visiones no eran frecuentes» (1 Sam 3:1). Pero estas dos situaciones estaban por cambiar.:

Es Elcana, esposo de Ana, el que se llegó a su mujer, pero fue Dios quien «se acordó de ella» (1 Sam 1:19). Más tarde «el Señor visitó a Ana, y ella concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas» (1 Sam 2:21). Con un hijo en el templo de Siló, y con 5 más en casa, Ana fue premiada por su fidelidad. Así también al hijo que fue «dedicado al Señor» (1 Sam 1:19, 28; 2:20), Dios le concedió su palabra. En toda la historia de Ana participan varios personajes, pero él que orquestra todo es Dios mismo. Dios concede el nacimiento de Samuel, y es Dios quien concede su palabra al joven Samuel, la cual echa del poder al mismo sacerdote Elí y sus hijos (1 Sam 3:14).

Ana entrega su hijo Samuel al sacerdote, por Jan Victors, en 1645

2. Samuel, llamado por Dios

Samuel queda como el líder sobre las tribus de Israel. Nacido por obra de Dios y puesto allí también por el mismo Dios. Es el mismo Dios quien establece su liderazgo. Sin embargo cabe notar que Dios no se ocupa de todo en particular. Samuel, como también Elí, aunque elegidos por Dios, deben instruir a sus propios hijos, cosa en la que los dos fallan tremendamente.

Al pedido de la gente de un Rey como las naciones (1 Sam 8:5), Samuel no tiene todavía la madurez que tenía Elí. Este último ante la palabra de Dios había bajado la cabeza y aceptado lo que Dios estaba y haría con él y su casa: «El Señor es; que haga lo que bien le parezca» (1 Sam 3:18). Samuel en cambio debe ser consolado por pensar de que la gente se quiere deshacerse de él (más aquí). Dios explica una realidad central de todo el libro a Samuel mismo: «me han desechado a mí» (1 Sam 8:7). Con esto Dios da a entender que la lucha de poder aunque a simple vista parezca humana y política, en realidad ocurre en una esfera más alta y más grande.

Samuel fe levantado por Dios, y no por sus destrezas infantiles o prenatales. Es Dios quien preparó un gran escenario para que Dios mismo pueda seguir guiando a su pueblo. Desde esta perspectiva, Samuel tuvo poca intervención, excepto de preparar a dos de los siguientes líderes: Saúl y David.

Profeta Samuel, por Claude Vignon, en ca. 1650

3. Saúl, el elegido por Dios

Por otro lado, Saúl fue llevado hasta la casa de Samuel. Dios lo avisa a Samuel de antemano (1 Sam 9:15-16), y otra vez el autor de 1-2 Samuel indica que el que mueve las piezas es Dios. Saúl era alto y venía de una familia prudente (1 Sam 9:1-2). Pero esto iba a ayudar a cumplir su propósito. Quizá ayudó en que la gente lo respete como alguien que sea de buena reputación al ejército (por su físico) y a los líderes del pueblo.

Al ser ungido Saúl como rey, Dios hace dos cosas: le cambia el corazón y le da su Espíritu (1 Sam 10:9-10). Esto fue lo que dio a Saúl las habilidades para reinar. Dios no solo lo cambia a Saúl, sino que además cambia la opinión del pueblo que ahora deben aceptar a su nuevo rey. 1) El terror del Señor cae sobre el pueblo (1 Sam 11:7), y 2) Dios hace que Samuel y su palabra sean respetadas: «y el Señor envió aquel día truenos y lluvia; y todo el pueblo temió grandemente al Señor y a Samuel» (1 Sam 12:18). Pero Saúl sigue estando libre para decidir lo que él quería hacer. Y abusando de esta libertad, es el mismo Dios quien nuevamente quita su Espíritu de Saúl y le envía un espíritu maligno (1 Sam 16:14).

Con toda la hazaña de Saúl de tratar de matar a David (más aquí), el autor ya ha avisado al lector que Dios arrancó el reinado de Saúl y se lo dio a otro (1 Sam 15:28-29). Otra vez, el autor aclara que él que mueve las piezas es el Dios de los ejércitos.

Saúl, por Ernst Josephson, en 1878

4. David, el rey esperado

Finalmente David llega al poder. El autor ha demostrado las destrezas políticas de este joven muy apuesto (más aquí y aquí). Para muchas personas Saúl es el malo y David el bueno casi como desde sus nacimientos. Pero los dos necesitan el Espíritu de Dios que también vino sobre David (1 Sam 16:13). Incluso uno de los servidores de Saúl reconoce que «el Señor está con él [David]» (1 Sam 16:18). Saúl también «comprendió que el Señor estaba con David» (1 Sam 18:28). Además, el Señor le ayuda a David a obtener justicia, cuando David es refrenado por la bella Abigail de matarle a Nabal, Dios mismo lo hiere esa noche para que falleciere (1 Sam 25:38).

En contra de los amalecitas que habían capturado un grupo de israelitas junto con dos de las esposas de David (más aquí), David se angustió mucho. Y no fue sino por el Señor que se fortaleció nuevamente para liberarlos (1 Sam 30:6). Así también lo confirman las palabras de Abner, el comandante de Saúl, citando palabra de Dios: «Por mano de mi siervo David salvaré a mi pueblo Israel de mano de los filisteos y de mano de todos sus enemigos» (2 Sam 3:18). Al fin y al cabo sería Dios quien ganaría las batallas.

Samuel unge a David, siglo III. En la sinagoga Dura Europos, Damasco, Siria.

5. David, el conquistador

En Jerusalén, David llamó la ciudad «ciudad de David», y «se engrandecía cada vez más, porque el Señor, Dios de los ejércitos, estaba con él» (2 Sam 5:9-10). Aunque bastante tarde, David mismo reconoce que «el Señor lo había confirmado por rey sobre Israel, y que había exaltado su reino por amor a su pueblo Israel» (2 Sam 5:12). Además, cuando David quiere construir un templo, una casa para Dios, el Señor le responde: «el Señor te edificará una casa» (2 Sam 7:11). El Señor ayudaba y daba victorias (2 Sam 8:6, 14), el Señor hirió al hijo ilegítimo de David y amó al siguiente hijo de David, Salomón (2 Sam 12:15, 24).

Ni sus propios hijos podían ganar contra David, no porque este era tan bueno (más aquí y aquí), sino «pues el Señor había ordenado que se frustrara el buen consejo de Ahitofel para que el Señor trajera calamidad sobre Absalón» (2 Sam 17:14). Por último, fue el mismo Señor que envió una plaga a la tierra, y también él quien la terminó (2 Sam 24:15, 25).

Conclusión

En cada una de las luchas por el poder, Dios estuvo fielmente vigilando para que su propio plan siguiera adelante. Al final de la historia, ni Elí, ni Samuel, ni Saúl, ni David se quedaron con lo que tanto ansiaban: el poder estuvo siempre y estará por siempre en las manos del Dios de los ejércitos, del Rey de Reyes. Y es el mismo Dios quien ha dado toda autoridad a su hijo Jesucristo (Mat 28:18).


¡Qué la política de hoy en día con todas sus luchas por el poder no nos influyan miedo o nos hagan pensar que Dios no está en el control!


No siempre Dios obra por medio de la política como lo hizo en los tiempos de David, ni la política es el dios en la tierra, como los medios lo muestran. Todas y todos estamos bajo la autoridad final de un buen Dios que ama y quiere restaurar a su creación.