Lucha de poder 2: Samuel y el Rey

28 mayo, 2019 0 Por Marcelo Wall
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El profeta Samuel, por Claude Vignon, en 1650.

El libro de Samuel ha sido largamente casi olvidado en las iglesias, excepto para contar las historias en la escuela dominical o la utilización de algunas ejemplos de algunos personajes. Los estudios académicos sobre el libro de Samuel, que era un libro completo desde 1 Samuel hasta 2 Reyes, han iniciado en los 1980 a cambiar la manera de estudiarlo. El libro a veces parece presentar algunas contradicciones (ej.: 1 Sam 16:19-23 // 17:55-58 ¿conocía Saúl a David?). Esto llevó a varias explicaciones: una era que era una colección de diferentes historias recordadas, y por lo tanto cada pasaje debía ser interpretado aparte del resto del libro. Por el otro lado a partir de los 1980 los estudios han cambiado de perspectiva, tratando de ver si esto pudo dar algún sentido desde adentro de la misma narrativa compuesta de esta manera. Uno de los resultados es la explicación de que el autor no toma cartas en el asunto de partidos, sino que deja a todos los poderosos en ambigüedades con la intención de transferir la gran duda y escepticismo hacia el poder en sí y mostrar como sobrevivirlo. Esto lo he explicado aquí.

Los hijos de Elí cometen sacrilegio, por el inglés gótico William de Brailes, en ca. 1230 d.C.

El profeta Samuel es mayormente recordado por haber instituido la monarquía en Israel. Según las maneras de sincronizar los listados de reinados de diferentes pueblos, más los estudios arqueológicos, que siempre son probabilidades, y no exactitudes, se piensa que Samuel haya estado viviendo aproximadamente de 1100-1015 a.C.

El profeta Samuel llega al poder del pueblo de Dios por medio de una cadena de eventos que es muy similar a la del Faraón. La soberbia se metió en lo que causaría su propia muerte, de la misma manera le fue a Ofni y Finees, que murieron en batalla. El sacerdote Elí fallece al escuchar estas noticias. Pareciera ser que las estrellas se alinearon para que Samuel pueda ocupar el lugar para el cual fue elegido y dedicado.

Para el lector cristiano, Samuel mayormente es un ejemplo de la disponibilidad de escuchar la palabra de Dios, cuando este le habla en el templo durante la noche. A Samuel, que no buscó el poder, se le cae la posición casi como del cielo. Pero esto no lo protege de lo que el poder trae consigo. Halbertal y Holmes explican que esto se puede identificar en varios pasajes, que realmente le costó una enormidad a Samuel entregar el poder que tenía. A continuación se explicarán estos pasajes. Lo que Samuel había aprendido de Elí lo trató de implementar también. Aunque sus hijos tampoco fueron los más santos. Parece que la tradición y costumbre de algún virus de malas hazañas es muy difícil de eliminar. Aquí un paralelo MUY similar entre la situación de Elí y la de Samuel:


Y aconteció que cuando Samuel era ya viejo, puso a sus hijos como jueces sobre Israel. El nombre de su primogénito era Joel, y el nombre del segundo, Abías; éstos juzgaban en Beerseba. Pero sus hijos no anduvieron por los caminos de él, sino que se desviaron tras ganancias deshonestas, aceptaron sobornos y pervirtieron el derecho.

1 Samuel 8:1-3 (LBLA)


1. El lamento de Samuel y el consuelo de Dios

Al momento que el pueblo exige a Samuel un rey, surge un problema. La mayoría de las personas tienen la noción de que Samuel lamenta que hayan elegido un rey en vez de Dios. Pero un vistazo más cercano a lo que dice el texto puede aclarar mucho:


Entonces se reunieron todos los ancianos de Israel y fueron a Samuel en Ramá, y le dijeron: Mira, has envejecido y tus hijos no andan en tus caminos. Ahora pues, danos un rey para que nos juzgue, como todas las naciones.

1 Samuel 8:4-5 (LBLA)


En primer lugar los dos argumento no serían fáciles de aceptar para nadie: 1) eres viejo, 2) tus hijos no sirven para esto. Samuel era bien humano y su reacción lo explica:


Pero fue desagradable a los ojos de Samuel que dijeran: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró al Señor. Y el Señor dijo a Samuel: Escucha la voz del pueblo en cuanto a todo lo que te digan, pues no te han desechado a ti, sino que me han desechado a mí para que no sea rey sobre ellos… Ahora pues, oye su voz.

1 Samuel 8:6-9 (LBLA)


Quizá, y probablemente no fue agradable en los ojos de Dios, que habían solicitado un rey. Pero el texto lo pone bien explícito, que fue «desagradable a los ojos de Samuel». Además, Dios le consuela a Samuel, no Samuel a Dios. Dios le dice: «no te han desechado». Esto aclara que Dios sabía que esto era el problema de Samuel con el tema. Curiosamente Dios tiene que alentar dos veces a Samuel a escuchar la voz del pueblo. Con este aliento termina el encargo de Dios a Samuel. Esto ilumina lo que el autor del libro estuvo tratando de transmitir. No necesariamente el dolor de Dios, sino el dolor de Samuel.

El profeta Samuel, en el Museo de arte y Vida en Glasgow. Foto por dun_deagh

2. La elección de un rey

Dios también le encomendó a Samuel a advertir al pueblo de lo que el rey iba a significar para ellos. Samuel, obediente que era, lo cumplió, e interesantemente el texto dice que «Samuel habló todas las palabras del Señor al pueblo» (1 Sam 8:10). Cuando el narrador trae a la escena a Samuel hablando al pueblo, lo único que nos muestra es a Samuel hablando de todo lo negativo que un rey traerá (1 Sam 8:11-18). Obviamente la reacción del pueblo es mencionar lo bueno que esperaban en un rey (1 Sam 8:19-20). A pesar de que Dios le había encargado 2 veces ya a escuchar su voz, Samuel nuevamente le presenta a Dios la opción de cambiar de opinión. Es justamente aquí, donde otra vez el autor del libro muy sutilmente deja al lector ver detrás de lo público a lo privado de la lucha con el poder:


Después que Samuel escuchó todas las palabras del pueblo, las repitió a oídos del Señor. Y el Señor dijo a Samuel: Oye su voz y nómbrales un rey. Entonces Samuel dijo a los hombres de Israel: Váyase cada uno a su ciudad.

1 Samuel 8:21-22 (LBLA)


Cualquier lector que haya entendido las 3 indicaciones claras de Dios de «escuchar su voz y nombrar un rey» pensaría que lo mejor para Samuel sería hacerle caso a Dios. Pero el autor nuevamente ha tenido la astucia de mostrar el desacuerdo y la lucha con el poder de parte de Samuel, a la manera en que el poder silenciosamente, mayormente de forma pasiva pero agresiva, aferra los corazones humanos. Lo que Samuel determina, es que «cada uno se vaya a su ciudad«.

Pero Dios, en su decisión, toma la iniciativa y teje como un político controlando no sólo los grandes movimientos, sino al más mínimo detalle. Un joven apuesto en busca de dos asnos, llega afortunadamente a la casa de Samuel, dónde Dios le debe indicar nuevamente que éste será el rey.


El trato entre Samuel y el nuevo Rey

Saúl parece haber entendido mal lo que Samuel le había encomendado. El texto parece indicar que él había actuado correctamente en sus propios ojos. Cuando Samuel le recrimina, éste responde que había hecho lo que se le indicó. Si el autor del libro de Samuel hubiera querido simplemente mostrar lo desobediente que era Saúl, no hubiera necesitado traspasar los detalles de esta manera. El texto tal como está, parece darle una oportunidad a ambos lados. Casi como quisiera que el lector pueda elegir un bando en la disputa. Quizá no estuvo todo tan claro para el autor lo que Samuel había indicado a Saúl.


El [Saúl] esperó siete días, conforme al tiempo que Samuel había señalado, pero Samuel no llegaba a Gilgal, y el pueblo se dispersaba.

1 Samuel 13:8 (LBLA)


En varias ocasiones el autor del libro de Samuel parece dar cuerda a un sentir del lector hacia el profeta Samuel. Este sale pintado un tanto descontento y casi picado en contra de Saúl, que ahora es el nuevo líder. Samuel esperó más de lo establecido, casi como a propósito; no se excusa ni ofrece una explicación. ¿Si le era tan importante a Samuel, porque no vino a tiempo? El autor del libro deja esta ambigüedad abierta. Luego, el debate de los dos, donde Samuel le confronta a Saúl por haber ofrecido el holocausto y Saúl le arranca un pedazo de manto de Samuel, es la última vez que los dos hablan (1 Sam 15:10-35). Cabe destacar que no es por Saúl, sino por Samuel. El primero le busca incluso después de haber muerto (1 Sam 28).


Y no añadió Samuel ningún encuentro[1] más con Saúl, hasta el día de su muerte, pues lloraba por Saúl.[2] En cambio,[3] el Señor se arrepintió de haber coronado como rey a Saúl sobre Israel.

1 Samuel 15:35 (Mi propia traducción) [4]


Lo que se trata de mostrar aquí es que el autor del libro de Samuel nos muestra las caras más humanas de todos los personajes en este proceso político de cambio de comandante. Con la sutileza que le caracteriza a este autor, se puede leer entre líneas que en realidad describe como el poder estaba al acecho de la debilidad de Samuel, como de la de Saúl, en los momentos precisos. El poder silenciosamente ingresa como un gusanillo a la chacra, para escondidamente carcomer las raíces del fundamento de todo buen gobernante. Estar en el poder no es cosa fácil, y pensar que el poder sea algo negativo por naturaleza, tampoco viene al caso.



[1] El cambio de «ver» con «encontrar» es por el campo semántico de lirot (לִרְאֹות) que puede llevar ambos sentidos, además que Samuel «vio» a Saúl más tarde en 1 Sam 19:24.

[2] La conjunción «pues» (כִּי) puede tener diferentes aspectos. Aquí es la explicación del porqué del paro de las visitas. Esto se vuelve más claro con la siguiente frase, que está en contraste con lo anterior.

[3] El punto de enfatizar el contraste entre los dos, es justificado porque hace más sentido a la frase explicativa por el lamento del Señor. Si los dos lamentan lo mismo, porque no juntar los dos y decir «lamentaban ambos esta situación». Esto lleva a pensar que Dios lamenta el cambio dentro de Saúl a no seguir sus palabras, pero en cambio Samuel lamenta otra cosa.

[4] comparar con NTV, RV60.



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